Mi asesora en decoración 

Un buen día mi hermana llegó a mi nuevo piso y frunció el ceño, aunque no dijo nada. Yo se lo había enseñado con todas mis buenas intenciones, pero ella, siempre tan sincera, lo vio con otros ojos. En un principio no dijo nada, pero yo supe que había cosas que no le gustaban. Y como si estuviera siendo juzgado por un profe exigente, me disculpé diciendo que todavía había cosas reformar, algo que era cierto ya que el piso era originalmente bastante viejo. 

Cuando compré este piso lo hice pensando en las posibilidades que tenía de futuro. Lo que más me gustaba de él era su ubicación, en pleno centro de la ciudad. Pero iba a exigir bastante trabajo y paciencia porque era un piso que había que reformar bastante para adaptarlo a los nuevos tiempos, tanto desde un punto de vista puramente funcional y de instalaciones, pero también desde un punto de vista estético.

Aun así, a mí me gustaban algunas cosas del viejo piso que terminé dejando tal y como estaban, como fue el caso de la habitación que funcionaba de despacho con sus cortinas venecianas. Me gustaba ese ambiente que me recordó al del despacho de un investigador de las películas de los años 50. Tenía un toque clásico que me gustaba mucho. Y esa fue una de las primeras zonas de las que yo pensé que mi hermana no estaba convencida. 

Como ella trabaja en el sector inmobiliario y tiene mucha experiencia con pisos me tomé muy en serio sus recomendaciones en relación a la casa. Pero, para mí sorpresa, el despacho que yo apenas toqué le gustó, incluyendo las cortinas venecianas. Opinaba lo mismo que yo, que tenía un toque clásico que funcionaba muy bien. Y como sabía que yo trabajaba mucho en casa y necesitaba un despacho, me animó a dejarlo tal cual.

Nada que ver con el resto de la casa en la que tuvo recomendaciones prácticamente para cada estancia. Pero lo bueno de estos consejos es que no tenía que pagarle un sueldo como asesora… al menos de momento no me lo ha exigido.