Mi asesora en decoración 

Un buen día mi hermana llegó a mi nuevo piso y frunció el ceño, aunque no dijo nada. Yo se lo había enseñado con todas mis buenas intenciones, pero ella, siempre tan sincera, lo vio con otros ojos. En un principio no dijo nada, pero yo supe que había cosas que no le gustaban. Y como si estuviera siendo juzgado por un profe exigente, me disculpé diciendo que todavía había cosas reformar, algo que era cierto ya que el piso era originalmente bastante viejo. 

Cuando compré este piso lo hice pensando en las posibilidades que tenía de futuro. Lo que más me gustaba de él era su ubicación, en pleno centro de la ciudad. Pero iba a exigir bastante trabajo y paciencia porque era un piso que había que reformar bastante para adaptarlo a los nuevos tiempos, tanto desde un punto de vista puramente funcional y de instalaciones, pero también desde un punto de vista estético.

Aun así, a mí me gustaban algunas cosas del viejo piso que terminé dejando tal y como estaban, como fue el caso de la habitación que funcionaba de despacho con sus cortinas venecianas. Me gustaba ese ambiente que me recordó al del despacho de un investigador de las películas de los años 50. Tenía un toque clásico que me gustaba mucho. Y esa fue una de las primeras zonas de las que yo pensé que mi hermana no estaba convencida. 

Como ella trabaja en el sector inmobiliario y tiene mucha experiencia con pisos me tomé muy en serio sus recomendaciones en relación a la casa. Pero, para mí sorpresa, el despacho que yo apenas toqué le gustó, incluyendo las cortinas venecianas. Opinaba lo mismo que yo, que tenía un toque clásico que funcionaba muy bien. Y como sabía que yo trabajaba mucho en casa y necesitaba un despacho, me animó a dejarlo tal cual.

Nada que ver con el resto de la casa en la que tuvo recomendaciones prácticamente para cada estancia. Pero lo bueno de estos consejos es que no tenía que pagarle un sueldo como asesora… al menos de momento no me lo ha exigido.

Las Cíes, visita obligada en tus vacaciones en Vigo

Vigo, y sobre todo sus alrededores, son un punto turístico muy interesante de cara al verano. En las cercanías de Vigo encontramos playas fantásticas y muy variadas para los amantes del sol y del mar. Pero también hay áreas rurales muy recomendables para salir a caminar. El tiempo es lo suficientemente bueno como para querer disfrutar de la costa y del aire libre pero el calor no es tan agobiante como en otros destinos de Mediterráneo, por lo que el equilibrio es perfecto.

Pero además Vigo es una ciudad con muchas opciones de ocio para sus visitantes, como restaurantes, centros comerciales o su hostelería en general. El ocio nocturnos es también muy atractivo, con terrazas y locales para tomar copas. Con todos estos puntos a su favor, no es nada raro que miles de personas acudan a la ciudad olívica a pasar sus vacaciones.

Una de las visitas obligadas si se veranea en Vigo o alrededores son las Islas Cíes. Muchas personas piensan que qué pueden ofrecer estas islas que no se tenga en la costa. Lo cierto es que se trata de un espacio protegido muy singular y de una gran belleza, por lo que no debería de dejarse escapar la oportunidad de viajar hasta allí para disfrutar de la naturaleza y el paisaje.

La única forma de ir es reservando plaza a través de la página de la Xunta. Dado que es un espacio protegido el número de visitantes que pueden acudir cada día es limitado, por lo que es imprescindible realizar este trámite, que es muy sencillo. No obstante, las listas de espera pueden ser largas por lo que hay que hacerlo con suficiente antelación.

Una vez que se tenga confirmada la reserva, solo hay que comprar el billete del barco cies. Hay barcos por la mañana y por la tarde, por lo que una buena opción es comprar el billete para salir a primera hora del día y volver a última, disfrutando de todo el día allí.

Al llegar temprano se puede realizar una de las rutas de senderismo que recorren la isla antes de comer. Es posible llevar la comida, pero también se puede reservar para comer de restaurante. Tras la comida y una sobremesa a la sombra, la tarde es el momento perfecto para pasarlo en grande en la playa y darse unos refrescantes chapuzones antes de coger el barco de vuelta. Un día diferente que valdrá mucho la pena disfrutar.

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